Gal, 2,20.
Llegaste, eminente señor don Oscar Romero,
ataviado a tu entronación en la Catedral de San Salvador. Vestido de dorado con
mitra y casulla, guantes blancos y sandalias negras. Brillaba un enorme anillo
en el anular de oro derecho, una cruz empedrada preciosa en pectoral y un
báculo barnizado y torcido de un árbol caro que no existía en el Salvador
entero. Con pompa y ceremonia te juraron obediencia falderos y rejegos; cientos
de pares de ojos hambrientos, observaron el incienso oloroso que subía a las
cúpulas y frescos sin silenciar el hedor de las balas sedientas de venganza y
hartas de injusticia. Pero, ilustrísima, el miedo en tu garganta estaba
disfrazado de muerte y violencia, su rostro, el verdadero, dormía en tu
corazón: no latir con ellos, no parpadear frente a sus miserias, no hacer con
los más pequeños lo que quisieras para el más grande. Terminada tu bienvenida
te sentaste solo en tu gran silla, alto, dorado, observado y solo. Pero los
oídos no se cierran y los gritos no se encarcelan; los lamentos y el dolor
traspasaron las paredes del colonial recinto de tu cátedra porque caminaban
dentro de él: los escuchaste, te llamaron, y tú, eminencia, atendiste.
Pero una mitra encoronada no deja que el
sediento mire con los ojos a los ojos, sino con la nuca al pecho; ni que hable
con los labios a los oídos pues los ocupa en besar los círculos anulares de
oro. Por eso te los despojaste y con cabeza desnuda la agachaste a los valles
del lamento y diste de comer oro fundido a los niños por un breve tiempo, ya
sabes, reverendísima, ni los metales preciosos dan para tanta hambre. Con mucha
tristeza por las bocas abiertas sin fondo de todas esas niñas de padres ya casi
convertidos en polvo, te llevaste las manos a la frente, te quitaste el sudor
con las lágrimas y te llegaron los dedos a la cabeza. Ni cuenta te diste que
habías perdido el solideo morado en medio de la angustia, la verdad es que las
distinciones de tela poco importan cuando se llega a ver con esos ojos.
Descendiste de la altura de tu silla, te encontraste con los vivos que traían
los pies llenos de lodo y te enmugraban tu adornada casa de Dios. Fue entonces
cuando recordaste que no es el lodo lo que mancha al corazón sino la hiedra que
sale de él. Fue una muchachita de quince años la que te arrancó el pectoral con
toda el alma. A ella le habían matado a su padre cuando éste se negaba a unirse
al ejército, a su madre la violaron y mataron los mismos que la privaron de
padre, a sus dos hermanos se los llevó la guerrilla. Todo frente a los cuatro
ojos, dos de ella, dos de la más pequeña, que observaban atortugadas desde la
perilla del ropero. Ahora no tenían a nadie, ni al pan, ni al abrazo, ni al
juego, ni a la compañía, ni a la inocencia, ni al perdón. Se quedó con la rabia
y el coraje, el hambre y la desesperación, la amargura en la sangre y un grito,
sólo uno –el que destruyó en pedazos la imagen empedrada de un cristo en tu
pectoral-: ¿cuándo? ¿Cuándo seré yo la que muera?
No habían pasado tres semanas de tu solemnísima
llegada a San Salvador, cuando volaste con los pies en tierra detonado por una
terrible noticia: tu amigo, su consejo y su inocencia, todos muertos,
aplastados, con la sangre por las piedras y los rostros ya sin cara. No fue la
visión Oscar, fue el parpadeo ante la inmundicia de una humanidad que se olvida
de sus adentros. Te arrancaste la casulla y resonó por dentro ¿cuál pueblo: el
asesinado? Tiraste la estola ¿cuál poder? Y te respondió la voz de la locura
que le habla a todos los que son como tú: el poder de la empatía y el coraje de
la entrega. Se desvaneció el disfraz de tus temores y dejaste de estar solo
cuando dijiste sí a los predilectos desfavorecidos: sí los defiendo, sí los
ayudo, sí los acompaño, sí me entrego, sí me arriesgo, sí los amo y sí los
sigo.
¡Ay Oscar! ¡Qué pesar, qué angustia, qué dolor!
¡Qué razón tuviste! ¿Cómo no dejar el Evangeliario en el ambón y la casulla en
la sacristía, para lanzarte a caminar sin tus sandalias por el lodazal del
crimen que escurría por todo El Salvador? ¿Cómo no quitarte los guantes para
recoger en tus manos al muchacho, ése del ejército que muere del escupitajo
polvoriento de un fusil de la guerrilla, en manos de otro hombre que es su
hermano y que no sabe a quién ha matado? Por eso Oscar dejaste los títulos,
porque no hay nada ilustre ni reverente entre tantos lamentos, porque el
Evangelio está donde vive el pobre, da luz donde sufre el que llora y muere
donde se cierran los ojos a la vida de cualquiera de los bienaventurados.
¡Ay Oscar! El consuelo no está en Roma y la
solución no la traen Lovaina ni Georgetown. Todo estaba allí mismo, en las
carreteras, en la nación desmembrada, en el corazón agonizante, en la llama
bendecida porque todavía daba una pequeña luz. Y asaltaron a tu cátedra,
humillaron tu sagrario, mataron a tus catequistas, persiguieron a tus
monaguillos, colgaron a tu sacristán y mutilaron a tu pueblo. Te manchaste el
alba blanca con la sangre de los que morían en tus brazos y de la tierra
cargada por el aire entre tanto desierto. Tu voz se oyó en todo Centroamérica,
los lamentos de los hijos y las hijas de El Salvador no se callaban y la
represión no dejaba de recibir ayuda. Por eso escribiste con tinta de sangre la
carta que no fue atendida. Esa fue la razón de tu discurso escrito en hojas de
desesperación dirigido a la milicia: “les ruego, les ordeno, no maten a más
hermanos suyos”.
¡Ay Oscar! Ya sin títulos, despojado de
ornamentos, removido por ti mismo de tus prerrogativas y amado por el pueblo
mancillado oficiabas misa sin permisos ni avenencias. Ofreciendo el cuerpo de
otro mancillado fue que te atajaron el corazón, ya antes herido de tanta
tristeza. Caíste, se mezcló tu sangre con la del cáliz de madera y su victoria
se confundió con la tuya. En un suspiro de ojos muy abiertos, el pueblo entero
guardo silencio y, muchos de ellos, fueron atinados desde alto por las balas de
quienes apenas se enteraban de que habían contribuido a lo que nunca se
esperaron: te ganaste la palma Oscar, y tu pueblo, tu amadísima gente, ondeó el
laurel años después.
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