viernes, 13 de enero de 2012

Gal. 2,20

Esto lo escribí en septiembre de 2005.


Gal, 2,20.

Llegaste, eminente señor don Oscar Romero, ataviado a tu entronación en la Catedral de San Salvador. Vestido de dorado con mitra y casulla, guantes blancos y sandalias negras. Brillaba un enorme anillo en el anular de oro derecho, una cruz empedrada preciosa en pectoral y un báculo barnizado y torcido de un árbol caro que no existía en el Salvador entero. Con pompa y ceremonia te juraron obediencia falderos y rejegos; cientos de pares de ojos hambrientos, observaron el incienso oloroso que subía a las cúpulas y frescos sin silenciar el hedor de las balas sedientas de venganza y hartas de injusticia. Pero, ilustrísima, el miedo en tu garganta estaba disfrazado de muerte y violencia, su rostro, el verdadero, dormía en tu corazón: no latir con ellos, no parpadear frente a sus miserias, no hacer con los más pequeños lo que quisieras para el más grande. Terminada tu bienvenida te sentaste solo en tu gran silla, alto, dorado, observado y solo. Pero los oídos no se cierran y los gritos no se encarcelan; los lamentos y el dolor traspasaron las paredes del colonial recinto de tu cátedra porque caminaban dentro de él: los escuchaste, te llamaron, y tú, eminencia, atendiste.

Pero una mitra encoronada no deja que el sediento mire con los ojos a los ojos, sino con la nuca al pecho; ni que hable con los labios a los oídos pues los ocupa en besar los círculos anulares de oro. Por eso te los despojaste y con cabeza desnuda la agachaste a los valles del lamento y diste de comer oro fundido a los niños por un breve tiempo, ya sabes, reverendísima, ni los metales preciosos dan para tanta hambre. Con mucha tristeza por las bocas abiertas sin fondo de todas esas niñas de padres ya casi convertidos en polvo, te llevaste las manos a la frente, te quitaste el sudor con las lágrimas y te llegaron los dedos a la cabeza. Ni cuenta te diste que habías perdido el solideo morado en medio de la angustia, la verdad es que las distinciones de tela poco importan cuando se llega a ver con esos ojos. Descendiste de la altura de tu silla, te encontraste con los vivos que traían los pies llenos de lodo y te enmugraban tu adornada casa de Dios. Fue entonces cuando recordaste que no es el lodo lo que mancha al corazón sino la hiedra que sale de él. Fue una muchachita de quince años la que te arrancó el pectoral con toda el alma. A ella le habían matado a su padre cuando éste se negaba a unirse al ejército, a su madre la violaron y mataron los mismos que la privaron de padre, a sus dos hermanos se los llevó la guerrilla. Todo frente a los cuatro ojos, dos de ella, dos de la más pequeña, que observaban atortugadas desde la perilla del ropero. Ahora no tenían a nadie, ni al pan, ni al abrazo, ni al juego, ni a la compañía, ni a la inocencia, ni al perdón. Se quedó con la rabia y el coraje, el hambre y la desesperación, la amargura en la sangre y un grito, sólo uno –el que destruyó en pedazos la imagen empedrada de un cristo en tu pectoral-: ¿cuándo? ¿Cuándo seré yo la que muera?

No habían pasado tres semanas de tu solemnísima llegada a San Salvador, cuando volaste con los pies en tierra detonado por una terrible noticia: tu amigo, su consejo y su inocencia, todos muertos, aplastados, con la sangre por las piedras y los rostros ya sin cara. No fue la visión Oscar, fue el parpadeo ante la inmundicia de una humanidad que se olvida de sus adentros. Te arrancaste la casulla y resonó por dentro ¿cuál pueblo: el asesinado? Tiraste la estola ¿cuál poder? Y te respondió la voz de la locura que le habla a todos los que son como tú: el poder de la empatía y el coraje de la entrega. Se desvaneció el disfraz de tus temores y dejaste de estar solo cuando dijiste sí a los predilectos desfavorecidos: sí los defiendo, sí los ayudo, sí los acompaño, sí me entrego, sí me arriesgo, sí los amo y sí los sigo.
¡Ay Oscar! ¡Qué pesar, qué angustia, qué dolor! ¡Qué razón tuviste! ¿Cómo no dejar el Evangeliario en el ambón y la casulla en la sacristía, para lanzarte a caminar sin tus sandalias por el lodazal del crimen que escurría por todo El Salvador? ¿Cómo no quitarte los guantes para recoger en tus manos al muchacho, ése del ejército que muere del escupitajo polvoriento de un fusil de la guerrilla, en manos de otro hombre que es su hermano y que no sabe a quién ha matado? Por eso Oscar dejaste los títulos, porque no hay nada ilustre ni reverente entre tantos lamentos, porque el Evangelio está donde vive el pobre, da luz donde sufre el que llora y muere donde se cierran los ojos a la vida de cualquiera de los bienaventurados.

¡Ay Oscar! El consuelo no está en Roma y la solución no la traen Lovaina ni Georgetown. Todo estaba allí mismo, en las carreteras, en la nación desmembrada, en el corazón agonizante, en la llama bendecida porque todavía daba una pequeña luz. Y asaltaron a tu cátedra, humillaron tu sagrario, mataron a tus catequistas, persiguieron a tus monaguillos, colgaron a tu sacristán y mutilaron a tu pueblo. Te manchaste el alba blanca con la sangre de los que morían en tus brazos y de la tierra cargada por el aire entre tanto desierto. Tu voz se oyó en todo Centroamérica, los lamentos de los hijos y las hijas de El Salvador no se callaban y la represión no dejaba de recibir ayuda. Por eso escribiste con tinta de sangre la carta que no fue atendida. Esa fue la razón de tu discurso escrito en hojas de desesperación dirigido a la milicia: “les ruego, les ordeno, no maten a más hermanos suyos”.

¡Ay Oscar! Ya sin títulos, despojado de ornamentos, removido por ti mismo de tus prerrogativas y amado por el pueblo mancillado oficiabas misa sin permisos ni avenencias. Ofreciendo el cuerpo de otro mancillado fue que te atajaron el corazón, ya antes herido de tanta tristeza. Caíste, se mezcló tu sangre con la del cáliz de madera y su victoria se confundió con la tuya. En un suspiro de ojos muy abiertos, el pueblo entero guardo silencio y, muchos de ellos, fueron atinados desde alto por las balas de quienes apenas se enteraban de que habían contribuido a lo que nunca se esperaron: te ganaste la palma Oscar, y tu pueblo, tu amadísima gente, ondeó el laurel años después.  

Pero el dolor no se ha acabado. Cuando tu garganta sentenció tu victoria anticipada prometiste que no morirías, que resucitarías en El Salvador, que no creías en la muerte sin la vida del resucitado. Entonces, vive en este mundo ensombrecido. Resucita, en los corazones de los que tienen miedo como tú. Triunfa, entre los que han perdido la esperanza. Que la luz de quien te dio la vida brille y no se apague, que haya más que la bendigan, muchos otros que la esparzan y que sea defendida. Pregúntales, Oscar: “¿a quién iré?” y diles, aunque no entiendan los poderosos y los sabios, te comprenderán los pequeños y los oprimidos: “ya no vivo yo…” Gal.2,20. 


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