Un blog no es cualquier cosa.
Es una expresión tan pública y asequible como insignificante e ignorable.
No obstante son letras y a ellas les gusta permanecer.
Así que por fin me comprometo, finalmente escribo a sabiendas y apropiado de todas sus realidades presentes o futuras.
Pero ese no es mi motivo: letras, compromiso, realidades o espacios temporales.
A ultranza quiero desahogo.
El único que me ha satisfecho en estos temas: el compartido. Ese que cuanto más me despoja, me atesta. Anhelo la multiplicación de la pequeña idea que ni siquiera es mía pero la alimento como a mi propia hija. Pero no la quiero para mí. Si de eso se trata la detesto: sueño con que se me aleje tanto como pueda y alcance lo más lejos de mí a otros tantos que la nutran.
A ultranza sólo hay paradojas.
Escribo este blog para que en el camuflaje de tanta cosa escrita no se te esconda a ti que te llegó. Para que tú sí lo veas y me ayudes a maltratar a la idea, que no es mía, pero sólo así crece.
A ultranza quiero el diálogo.
Ése que surgirá cuando me comentes, en blog o en persona, qué te ha hecho ésta que no es mía, pero la cuido. La gran idea. La más grande.
A ultranza sólo una ella idea importa: Dios es amor.
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