martes, 16 de agosto de 2011

Corazón de esquirlas


Entiendo y comparto la frustración y el coraje que surgen de una realidad injusta y profundamente violenta.

De verdad, lo entiendo y lo siento.

Pero me entristece aún más las esquirlas de corazón que nos deja la violencia que hemos interiorizado.

Pedimos la muerte de quienes nos violentan como si fuéramos capaces de decidir quién vive y quién no, haciéndonos partícipes, con el reclamo, del látigo que ahora nos descarna doble, triple,...

Nos congratulamos de las muertes que, nos aseguran son justificadas, por la implicación del muerto en los crímenes que atestiguamos a diario; olvidándonos de que no sólo a él lo desmembran, lo decapitan, lo incineran vivo o lo cuelgan de un puente.

Junto con él, es a nuestra humanidad profunda a la que desmembran, a la justicia a la que decapitan, a nuestros derechos a los que incineran vivos y, a nuestra tranquilidad a la que cuelgan moribunda de un puente.

No sólo quien lo hace de propia mano, sino también quien ya no siente nada al verlo.

También quien puede mandar a un corte comercial después de anunciarlo, a quien puede leer la nota sin sentir que el corazón, otra vez, se esquirla.

Y por encima de todos, a quien dice frente a cámaras y luces que no hay razón para preocuparnos, pues el muerto, era criminal. Como si eso resolviera todo. Como si esas palabras nos devolvieran la paz. Como si esa frase desafortunada restaurara lo mancillado.

No pedimos un minuto de silencio por las víctimas, inocentes y culpables. 

No quitamos la música de los noticieros, no se lamenta nadie al aire de que estemos llenos de cadáveres.

En los sitios donde ha sido asesinado algún inocente, a quien no se le culpó de lo que no hizo, se ponen flores que pronto se marchitan y velas que pronto se extinguen. Pero nada bueno pasa después.

Lo peor no es que no pase nada después. Tampoco que no exijamos que algo suceda. Lo peor es que nuestro corazón de esquirlas ya no siente compasión, ni tristeza. Ni siquiera indignación o rechazo. Ya sólo siente ira y rencor. O peor aún, ya no siente nada.

La violencia escala, el corazón se esquirla.

Cuando alguien pregunta al que quiera contestar "¿Cuándo se acabará todo esto?" pienso en silencio y con tristeza, solamente cuando volvamos a sentir la necesidad de la paz.

Y, para ello, tendremos que recordar que nadie merece morir violentamente. Ni siquiera el más violento. Mientras no lo entendamos, nuestro corazón seguirá sin buscar la paz, sino la violencia.

Y, mientras nuestro corazón busque la violencia, eso será todo lo que encontrará.

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