El dolor atorado, a coágulos,
no se va, ni se alivia,
vivir en la tierra de muertos,
entre la ficción pretenciosa:
“todo está bien, estará mejor”.
Sacudidos por una granada nocturna,
la guerra, que no es guerra,
paralizados, otra vez,
al silencio terrible,
posterior a la ráfaga maldita,
sin alguna novedad.
Emociones atrofiadas en la espera,
la pausa y el suspenso,
del precio ridículo,
para volver a la realidad ficticia.
Esa del miedo constante,
del azar terrible,
la valquiria quien decide,
no mediante las reglas naturales,
sino desde la historia herida,
por desigualdad y pobreza.
También la melancolía,
por la mentira sobre los tiempos mejores.
El ya venenoso anhelo,
del futuro tranquilo.
No llega, no se vislumbra,
éste, o cualquier otro, de sus horizontes.
Esa burla estúpida,
por torpeza, maldad, indiferencia,
de quienes hacen lo que no falta
o todo lo sobrante.
La ira nacida de madre indignación,
padre ausente sin ayuda,
sin nadie a quien acudir.
Es dolor doliente sin receso.
Es herida con sangrado diario
las malas nuevas en un país muerto,
una tierra ausente,
un pueblo a balas,
una nación de acostumbrados.
Un rebaño sin perros, ni corral o puertas.
Puras ovejas perdidas.
Entre lobos, oscuridad y hienas.
Rodeados por barrancos,
Asolados en las piedras.
Dolidos, heridas, sufrientes.
Vivos ante un país muerto.
Paralizados sobre la tierra ausente.
Aterrorizados bajo el pueblo a balas.
Peregrinos en la nación de acostumbrados.
Ya es puro dolor estancado,
lo tragamos con frecuencia,
mientras escuchamos discursos,
con humor negro, payasada o pendejada.
Con el dolor atorado a coágulos,
no se va, ni se alivia.
Sólo queda esperar que,
a sol saliente, de la sangre,
pronto haga cascarita.
9 dic 2011
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