En otro tiempo, no muy lejano, los regios nos gloriábamos en diferenciarnos del Distrito Federal. Allá la violencia, aquí la tranquilidad; en la capital republicana la contaminación y el tráfico vehicular, en la capital estatal el aire limpio y las grandes avenidas fluidas; en una el caos y la burocracia, en otra el orden a la estadounidense y el sencillo espíritu emprendedor; y demás comparaciones, que si bien, tenían algo de realidad, estaban más llenas de egocentrismo y generalizaciones. Hoy, ¿qué diríamos?
El D.F., por fortuna, ya no es tan violento (y nunca lo fue a los niveles que hoy vivimos en Monterrey), está contaminado pero dicen estarlo controlando, sus ciudadanos al parecer están contentos con la administración capitalina, entre otras virtudes recientes. Monterrey, en cambio, vive la violencia que nunca había padecido, nosotros, los ciudadanos, no estamos contentos con la administración municipal ni la estatal, experimentamos más tráfico que nunca y, según las publicaciones de ayer y hoy, se ha disparado la contaminación.
¿Por qué? ¿Qué ha hecho la ciudad capital que no hemos hecho aquí? No lo sé. Lo que sí sé es lo que no hemos hecho aquí.
Hemos crecido sin ocuparnos de quienes no crecen. Hemos construido sin planear y hemos habitado esas casas sin conocer al vecino. Hemos levantado grandes empresas sin pensar en quien trabaja en ellas. Hemos votado por gobernantes que no nos prometen nada concreto y les hemos permitido gobernar sin dar cuentas de qué hacen. Damos trabajo sin registrar en el seguro, permitimos que alguien asee sin saber qué sucede en sus vidas, seguimos creciendo en números pero no en interés por el otro.
Aceptamos confiados la explicación que asegura que el trabajo por una sociedad de libertad e igualdad requiere de sacrificar toda la vida y, por lo tanto, no vale la pena. Nos vendieron, y compramos gustosos, la idea de que si cada quien ve por los suyos eso generará una sociedad aceptable. Creemos que hacer algo por los demás es parte de la descripción de puesto de un cura, una religiosa, un misionero, un comunista, un hippie y, al final de cuentas, un desempleado.
¿Tendrá que ser así? Me niego a aceptarlo.
¿Será que el social entrepreneurship tendrá algunas respuestas? ¿Se podrá implementar la verdadera responsabilidad social en las empresas? ¿Podrán las escuelas verdaderamente educar en lo que prometen? ¿Seremos capaces de iniciar las organizaciones que atiendan las causas correspondientes a nuestra realidad? ¿Podremos al menos integrar las que ya hay o apoyarlas por lo menos económicamente o con algo de tiempo? ¿Podremos al menos salir cada uno de su casa e ir a conocer al vecino?
Quiero pensar que sí.
Muy cierto amigo... que mejor tiempo que el adviento para retomar ese interés por los demás... te quiero :)
ResponderEliminar:D gracias por tu comment!! yo también!!
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